Clementina Suarez (Hondureña, 1902-1991)

Clementina Suarez; poeta hondureña
El regalo

Quisiera regalarte un pedazo de mi falda, 
hoy florecida como la primavera. 

Un relámpago de color que detuviera tus ojos en mi talle
 - brazo de mar de olas inasibles-

la ebriedad de mis pies frutales con sus pasos sin tiempo. 
La raíz de mi tobillo con su eterno verdor, 

el testimonio de una mirada que te dejará en el espejo 
como arquetipo de lo eterno. 

La voluble belleza de mi rostro, 
tan cerca de morir a cada instante a fuerza de vivir apresurada. 

La sombra de mi errante cuerpo 
detenida en la propia esquina de tu casa. 

El abejeante sueño de mis pupilas 
cuando resbalan hasta tu frente. 

La hermosura de mi cara 
en una doncellez de celajes. 

La ribera de mi aniñada voz con tu sombra de increíble tamaño, 
y el ileso lenguaje que no maltrata la palabra. 

Mi alborozo de niña que vive el desabrigo 
para que tú la cubras con la armadura de tu pecho. 

O con la mano aérea del que va de viaje 
porque su sangre submarina jamás se detiene. 

La fiebre de mis noches con duendes y fantasmas 
y la virginal lluvia del río más oculto. 

Que a nivel del aire, de la tierra y el fuego, 
el vientre como abanico despliega. 

La espalda donde bordas tus manos hinchadas de oleaje, de nubes y de dicha. 
La pasión con que desgarras en el lecho 
del mismo torrente inabarcable 
como si el mismo corazón se te hiciera líquido
 y escapara de tu boca como un mar sediento. 

El manojo de mis pies despiertos andando sobre el césped. 

Como si trémulos esperaran la inexpresada cita 
donde sólo por el silencio quedaron las cadenas rotas. 

Y en tus dedos apresado el apremio de la vida 
que en libertad dejó tu sangre, 
aunque con su cascada, con su racha, 
los árboles del deshielo, 
algo de ti mismo destrozaran. 

La cabellera que brota del aire 
en líquidas miniaturas irrompibles 
para que tus manos indemnes hagan nido 
como en el sexo mismo de una rosa estremecida. 

La entraña donde te sumerges 
como buscando estrellas enterradas 
o el sabor a polvo que hará fértiles nuestros huesos. 

La boca que te muerde como si paladeara ríos de aromas; 
o hincándose los dientes matizara la vida con la muerte. 

El tálamo en que mides mi cintura en suave supervivencia intransitiva, 
en viaje por la espuma difundido o por la sangre encendida humanizado 
el mundo en que vivo estremecida de gestaciones inagotables. 

El minuto que me unge de auroras o de iridiscencias indescriptibles. 
Como si a ritmo de tu efluvio soberano 
salvarás el instante de miel inadvertida; 
O dejaras en el mágico horizonte de luces apagadas 
el tiempo desmedido y remedido. 

En que apresados quedaran los sentidos y al fin ya sin idioma, 
desnudos totalmente. 

Como si ensayando el vuelo se quemaran las alas o 
por tener cicatrices se extenuaran los brazos. 
La piel que me viste, me contiene y resuma, 

la que ata y desata mis ramajes. 
La que te abre la blanca residencia de mi cuerpo 
y te entrega su más íntimo secreto. 
Mi vena, llaga viva, casi quemadura, huella del fuego que me devora. 

El nombre con que te llamo para que seas el bienvenido. 
El rostro que nace con la aurora y se custodia de ángeles en la noche.
El pecho con que suspiro, el latido, el tic-tac entrañable que ilumina tu llegada. 

La sábana que te envuelve en tus horas de vigilia y te deja cautivo en él, 
duerme, sueño del amor. 

Árbol de mi esqueleto hasta con sus mínimas bisagras. 
El recinto sombrío de mis fémures extendidos.
La morada de mi cráneo, desgarrado lamento, 

pequeña molécula de carne jamás humillada. 
El orgullo sostenido de mis huesos al que hasta con las uñas me aferro. 
Mi canto perenne y obstinado 
que en morada de lucha y esperanza defiendo. 

La intemporal casa que mi polvo amoroso te va ofreciendo. 
El nivel del quebranto o la herida que conmigo pudo haber terminado. 

El llanto que me ha lavado y que este pequeño cuerpo ha trascendido. 
Mi sombra tendida a merced de tu recuerdo. 

La aguja imantada con su impensable polen y sus rojas brasas. 
Mi gris existencia con su primera mortaja 
Mi muerte con su pequeña eternidad.

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