De viaje, de Francisco López Merino.

Un niño, frente a mí, va mirando el paisaje;
sus ojillos descubren las flores campesinas,
y como el tren se lanza por valles y colinas
este niño se llena de emoción en el viaje.

Silabea palabras que apenas oigo, asombra
ésta mirada suya penetrante y tranquila,
se dijera que ansía que su clara pupila
aprisione los bellos pormenores que nombra…

Los demás, abstraídos, el paisaje olvidamos.
El pensamiento nuestro cesa de hilar, reposa…
Yo me he dicho ante el niño que admira el cielo rosa:
él es el más poeta de los que aquí viajamos.

Una figura un tanto desconocida entre los escritores latinoamericanos es la de Francisco López Merino. Este autor argentino, amigo de Jorge Luis Borges, ha pasado desapercibido debido a que tiene una producción poética muy breve. El motivo de esto es que partió de este mundo a una edad muy temprana, suicidándose con apenas 23 años.

Comenzó su producción a los 16 años de edad, pero autocensuró su primera obra. Luego, continuó publicando sus poemas en diarios y revistas del país. Junto con otros jóvenes, formó parte del “Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes”, siendo su presidente Jorge Luis Borges.

A pesar de ser escasa su producción, ha impactado fuertemente en el ámbito literario de la época. Es por esto que perdura hasta hoy su memoria.

El poema que acabamos de leer nos lo pinta de cuerpo entero. Allí donde otros pueden ver una escena de lo más corriente, el ojo creativo de Francisco (o Panchito, como le decían) puede observar un alma en estado contemplativo.

Es fácil advertir que su espíritu joven tenía una agudeza mental inclinada hacia la sensibilidad. Quizás esta inclinación lo hizo también más indefenso ante el dolor, llevando su vida a tan trágico final.

El mérito de este poema es que se nota que está basado en una vivencia real del artista. El observó en persona cómo un niño se extasía ante el paisaje campestre y trata de aprisionar en su mirada todo aquello que ve por la ventana del tren. En la descripción que realiza casi podemos ver frente nuestro al niño nombrando para sí las novedades que le trae ese viaje.

Quizás nosotros también deberíamos observar más. Esa fue la reflexión que primero vino a mi mente: el mundo es poesía en sí mismo. Nosotros, por la ceguera de lo cotidiano y a diferencia del niño, nos olvidamos cómo se leía.