Oración del hondureño, Froylán Turcios

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Froylán Turcios

Les comparto la “Oración del hondureño” recuerdo que en la escuela la aprendíamos de memoria y la recitamos a coro en aulas de clase. También recuerdo que la aprendí, pero nunca la sentí como una oración, para mi era una obra poética escrita por un amante a su adorada patria, con matices de euforia y sentimientos inocentes. La leo de nuevo y me gusta su vehemencia y su compromiso, sin embargo, no la veo como una oración, sino como una obra de arte. Mi percepción no ha cambiado mucho de cuando era niña.

¡Bendiga Dios la pródiga tierra en que nací! Fecunden el sol y las lluvias sus campos labrantíos; florezcan sus industrias y todas sus riquezas esplendan magníficas bajo su cielo de zafiro.

Mi corazón y mi pensamiento, en una sola voluntad, exaltarán su nombre, en un constante esfuerzo por su cultura.

Número en acción en la conquista de sus altos valores morales, factor permanente de la paz y del trabajo, me sumaré a sus energías; y en el hogar, en la sociedad o en los negocios públicos, en cualquier aspecto de mi destino, siempre tendré presente mi obligación ineludible de contribuir a la gloria de Honduras.

Huiré del alcohol y del juego, y de todo cuanto pueda disminuir mi personalidad, para merecer el honor de figurar entre sus hijos mejores.

Respetaré sus símbolos eternos y la memoria de sus próceres, admirando a sus hombres ilustres y a todos los que sobresalgan por enaltecerla.

Y no olvidaré jamás que mi primer deber será, en todo tiempo, defender con valor su soberanía, su integridad territorial, su dignidad de nación independiente; prefiriendo morir mil veces antes que ver profanado su suelo, roto su escudo, vencido su brillante pabellón.

¡Bendiga Dios la pródiga tierra en que nací! Libre y civilizada, agrande su poder en los tiempos y brille su nombre en las amplias conquistas de la justicia y del derecho.

Clementina Suarez (Hondureña, 1902-1991)

Clementina Suarez; poeta hondureña
El regalo

Quisiera regalarte un pedazo de mi falda, 
hoy florecida como la primavera. 

Un relámpago de color que detuviera tus ojos en mi talle
 - brazo de mar de olas inasibles-

la ebriedad de mis pies frutales con sus pasos sin tiempo. 
La raíz de mi tobillo con su eterno verdor, 

el testimonio de una mirada que te dejará en el espejo 
como arquetipo de lo eterno. 

La voluble belleza de mi rostro, 
tan cerca de morir a cada instante a fuerza de vivir apresurada. 

La sombra de mi errante cuerpo 
detenida en la propia esquina de tu casa. 

El abejeante sueño de mis pupilas 
cuando resbalan hasta tu frente. 

La hermosura de mi cara 
en una doncellez de celajes. 

La ribera de mi aniñada voz con tu sombra de increíble tamaño, 
y el ileso lenguaje que no maltrata la palabra. 

Mi alborozo de niña que vive el desabrigo 
para que tú la cubras con la armadura de tu pecho. 

O con la mano aérea del que va de viaje 
porque su sangre submarina jamás se detiene. 

La fiebre de mis noches con duendes y fantasmas 
y la virginal lluvia del río más oculto. 

Que a nivel del aire, de la tierra y el fuego, 
el vientre como abanico despliega. 

La espalda donde bordas tus manos hinchadas de oleaje, de nubes y de dicha. 
La pasión con que desgarras en el lecho 
del mismo torrente inabarcable 
como si el mismo corazón se te hiciera líquido
 y escapara de tu boca como un mar sediento. 

El manojo de mis pies despiertos andando sobre el césped. 

Como si trémulos esperaran la inexpresada cita 
donde sólo por el silencio quedaron las cadenas rotas. 

Y en tus dedos apresado el apremio de la vida 
que en libertad dejó tu sangre, 
aunque con su cascada, con su racha, 
los árboles del deshielo, 
algo de ti mismo destrozaran. 

La cabellera que brota del aire 
en líquidas miniaturas irrompibles 
para que tus manos indemnes hagan nido 
como en el sexo mismo de una rosa estremecida. 

La entraña donde te sumerges 
como buscando estrellas enterradas 
o el sabor a polvo que hará fértiles nuestros huesos. 

La boca que te muerde como si paladeara ríos de aromas; 
o hincándose los dientes matizara la vida con la muerte. 

El tálamo en que mides mi cintura en suave supervivencia intransitiva, 
en viaje por la espuma difundido o por la sangre encendida humanizado 
el mundo en que vivo estremecida de gestaciones inagotables. 

El minuto que me unge de auroras o de iridiscencias indescriptibles. 
Como si a ritmo de tu efluvio soberano 
salvarás el instante de miel inadvertida; 
O dejaras en el mágico horizonte de luces apagadas 
el tiempo desmedido y remedido. 

En que apresados quedaran los sentidos y al fin ya sin idioma, 
desnudos totalmente. 

Como si ensayando el vuelo se quemaran las alas o 
por tener cicatrices se extenuaran los brazos. 
La piel que me viste, me contiene y resuma, 

la que ata y desata mis ramajes. 
La que te abre la blanca residencia de mi cuerpo 
y te entrega su más íntimo secreto. 
Mi vena, llaga viva, casi quemadura, huella del fuego que me devora. 

El nombre con que te llamo para que seas el bienvenido. 
El rostro que nace con la aurora y se custodia de ángeles en la noche.
El pecho con que suspiro, el latido, el tic-tac entrañable que ilumina tu llegada. 

La sábana que te envuelve en tus horas de vigilia y te deja cautivo en él, 
duerme, sueño del amor. 

Árbol de mi esqueleto hasta con sus mínimas bisagras. 
El recinto sombrío de mis fémures extendidos.
La morada de mi cráneo, desgarrado lamento, 

pequeña molécula de carne jamás humillada. 
El orgullo sostenido de mis huesos al que hasta con las uñas me aferro. 
Mi canto perenne y obstinado 
que en morada de lucha y esperanza defiendo. 

La intemporal casa que mi polvo amoroso te va ofreciendo. 
El nivel del quebranto o la herida que conmigo pudo haber terminado. 

El llanto que me ha lavado y que este pequeño cuerpo ha trascendido. 
Mi sombra tendida a merced de tu recuerdo. 

La aguja imantada con su impensable polen y sus rojas brasas. 
Mi gris existencia con su primera mortaja 
Mi muerte con su pequeña eternidad.

No lo leas: colección de pesadillas

Agradezco a las personas que han leído mi nuevo libro: No lo leas: colección de pesadillas y se han comunicado conmigo. Me han hecho sentir especial.

Algunos me han sorprendido con reseñas mejor de las que yo he hecho como la de Tomas Parra.

Tomas ParraEditar

No lo leas: Colección de pesadillas

Es un libro corto pero impactante, basado en acontecimientos de la vida cotidiana de una mujer que ha estado atormentada por sus pesadillas desde niña, su relato es natural y penetrante, el lector se puede sentir identificado que situaciones que vive la protagonista. El suspenso que arropa el libro se extiende hasta quien lo lee y lo hace sentir una experiencia en primera persona, así como si usted lo viviera, es una excelente elección para adentrarse en el mundo del suspenso.

A mis lectores de Honduras les mando mi más grande agradecimiento he sentido su apoyo incondicional a la distancia.

Un abrazo a todos.

Día del libro





Se vale soñar, tienes derecho a volar
Conocer el mundo entero
Tocar la nieve y probar lo salado del mar
Donde te encuentres lo puedes lograr
Basta con abrir el libro perfecto
y cada página quedará tatuada 
No en tu piel, sino en tus  recuerdos.

Elia Santos
22 de abril 2020

El mejor diario

Hace algunos años, era una preadolescente, conocí a una maestra jubilada, pasamos (mi madre, mi hermana y yo) un día frente a su casa, nos llamó con alegría, ella estaba frente a su casa, quiso el destino que ese día la encontráramos, no digo «conociéramos» en el pueblo donde crecí todos saben quién es cada uno. Así que entablamos una amena conversación, y la conversación nos llevó a los libros, nos hizo entrar a su casa ¡Era una coleccionista! nunca había visto tantas maravillas juntas, eran libros antiguos de pasta gruesa con ese olor característico a lignina.
Al ver nuestra emoción nos prestó unos cuantos, los llevamos a casa con mucha ilusión, los leímos; eran novelas hermosas, llenas de romance, aventura y sueños hechos realidad.
Desde ese día la visitamos a menudo, era una señora viuda y había perdido a su hija, vivía sola, era una de esas personas que nunca se olvidan, ella me regaló el libro que me salvo muchas veces del aburrimiento, la tristeza y la impotencia; me hizo soñar. Ese libro va conmigo a todas partes, desde que lo tengo en mis manos, es mi cómplice, un compañero y diario a la vez.

 

 

El mejor diario.

Presente

Me digo que la fuerza es la idea
De un avance seguro.
La perseverancia, se extingue
y se aplazan los plazos de permitirse soñar.
Se siente el miedo, la desesperanza,
El pánico ha reemplazado  la libertad.
Los árboles se extrañan y se agitan como siempre,
Apacibles y tranquilos.
Recordamos los días de antier, donde volábamos
Y nos abríamos pasos entre la multitud
Pero eso ya es agua pasada de la cual no podemos beber
Al menos por hoy.

Elia Santos
2020

Anhelos

Estos momentos no son eternos
Tantas historias tristes, tanto sufrimiento
Una vez más entiendo, que disfrutar y vivir
Es lo más acertado, no refutar la gracia
Y contemplar más la belleza
La compañía de aquellos; 
Que nos han dado fragmentos de sus vidas
Que ya su vida pende de un hilo
Y que se está rompiendo poco a poco
Cuando llegue el día prodigioso
Te abrazaré sin reparos, dejaré que me beses
Y besaré tu frente; dejaré atrás los complejos
Y tu que ya te fuiste; solo un abrazo me diste
Y mi cuerpo completo lo reclama constantemente
Añoro tanto tus caricias, esas caricias que no me diste
Y yo, sabiendo que no querías parecer débil
No quise que creyeras que yo sí lo era
!Ah! que absurdo me parece ahora
Si te tuviera enfrente, te abrazaría hasta que cedieras
Te peinaria y te daría un masaje
!Hasta un beso te daría!

Elia Santos
14 de abril 2020

Primer contacto

Un pequeño fragmento de mi vida que tuvo como escenario el hospital “Mario Catarino Rivas” en el año 2012.

Un baile de toda la vida

Era un día como cualquier otro, al menos así comenzó cuando me desperté aquel día, me encontraba en el hospital, estaba en sexto año de medicina (en Honduras son 8 años de formación), y hacía las tareas habituales que le corresponden a un estudiante; subir y bajar gradas, caminar de un lado a otro: entre el laboratorio, banco de sangre y tu sala asignada, y, como no había un lugar seguro donde dejar tus pertenencias, pues las andaba conmigo siempre, recuerdo que las metía en bolsos de tela que mi tía y mi madre elaboraban para mí, para que el peso no fuera tanto (La fibromialgia ya era mi fie amiga en ese tiempo y alguna otra patología…) en ese bolso cargaba de todo; libros, exámenes, instrumentos Médicos, jeringas, tubos de análisis…, y alguna mudada de ropa por si me tocaba algún turno (es lo que me encanta de la medicina, ni un día es igual a otro y nunca sabes cómo terminará.)

    Y fue así, subiendo las gradas del primer piso cuando me vibró el celular, era una llamada del coordinador de la carrera, era extraño que me llamara, así que contesté.

—Elia, ¿estás en la pasantía de pediatría verdad?

—Si doctor—contesté.

—Un nuevo alumno se trasladó de Tegucigalpa, y se va a integrar a la pasantía, se llama Ronaldo Aguilar, espero que lo introduzcas, le ayudes en que sea posible, le he dado tu número para que te hable y lo pongas al tanto.

     ¡Ya se imaginan la emoción! La carrera de medicina en San Pedro Sula para ese año no era numerosa, en mi promoción no superábamos los 35 alumnos y en la pasantía de pediatría solo éramos 7, 6 mujeres y 1 hombre, así que lo primero que hice fue contarles las nuevas noticias a mis compañeros, todas estábamos ansiosas de conocer al nuevo compañero, y el único varón estaba más que aliviado de ya no tener que estar solo con mujeres, ese día hablamos solo de eso e incluso al llegar a nuestras casas los chats fueron gran parte en imaginarnos como era, había hablado por celular con él para darle horarios y todo lo que se necesitaba.

    Al día siguiente al entrar al aula de clase mis ojos buscaron al «nuevo» y ahí estaba (debo confesar que hasta me arregle un poco más que de costumbre para la ocasión) ¡lastima que no era lo que esperaba! Intentamos hablarle, le hicimos muchas preguntas, pero él era hermético, de pocas palabras y se notaba que estaba muy incomoda con nosotras «nos miraba como a niñas» y es que todas teníamos alrededor de 23 años y él, ¿quién sabe?, parecía un poco mayor, de entrada, me había caído mal, muy mal y al pasar lo días ese sentimiento creció.

       Pero con el tiempo, tuvimos la oportunidad de conocernos más y nos convertimos en buenos amigos, la química entre nosotros fue creciendo, nos gustábamos era un hecho, pero éramos tan diferente, incluso él me había dicho que yo representaba todo lo que no le gustaba en una mujer «infantil, caprichosa y orgullosa» y él era «callado, poco divertido y no me daba la razón» así que ser amigos fue la mejor opción.

      Pasaron años y ya para mediados del 2016 después de varias relaciones fallidas de ambos, decidimos intentarlo y el intento nos llevo al altar un 13 de abril del 2019.

     Actualmente construimos un mundo juntos, y sobra decir que consiente mis caprichos, me abraza fuerte cuando me pongo infantil y lo que es esencial; siempre me da la razón y yo he descubierto que es muy divertido, me hace reír todo el tiempo y lo callado no se le quita, pero soy buena haciéndole hablar y cuando no lo logro, he aprendido a darme por vencida, aunque lo intento luego.

Elia Santos

13 abril 2020

Desertor

Al cielo cantaron las aves

Desde el día en que te fuiste

Nos dejaste sin aviso,

No necesitamos trajes negros

Ni una cara triste,

Ni pañuelos de tristeza

Desde que te fuiste

Lo único que hicimos

Fue luchar y tratar de ser felices

Cobarde, decepcionado

No nos dejaste otra opción

Que ser valientes y pelear.

Elia Santos

Abril 2020

El visitante que no volvió

Llegaba dos veces cada año, recuerdo que siempre lo esperaba ansiosa, incluso algunas veces con curiosidad, y,  no es que deseara verlo,  la verdad era que no entendía mis sentimientos hacia él, algunas veces y más al principio sentía dudas, luego lo sustituí por miedo y al final, en su última visita, solo sentía indiferencia.

        Y así fue, como aquel visitante se quedó en el olvido, se volvió tierra seca, y , cuando hizo un viento muy fuerte, se disolvió en el aire.

 

 

Elia Santos

abril 2020